Ciudad bidimensional

Vadeado el río, traspuesto el paso, el hombre se encuentra de pronto frente a la ciudad de Moriana, con sus puertas de alabastro transparentes a la luz del sol, sus columnas de coral que sostienen los frontones con incrustaciones de mármol serpentín, sus villas todas de vidrio con acuarios donde nada las sombras de la bailarinas de escamas plateadas bajo las arañas de luces en forma de medusa. Si no es su primer viaje, el hombre ya sabe que las ciudades como ésta tienen un reverso: basta recorrer un semicírculo y será visible la faz oculta de Moriana […].

 

Parecería que la ciudad continuara de un lado a otro en una perspectiva que multiplicase su repertorio de imágenes: en realidad no tiene espesor, consiste sólo en un anverso y un reverso, como una hoja de papel, con una figura de un lado y otra del otro que no pueden despegarse ni mirarse.

 

Italo Calvino

Las ciudades invisibles

Las ciudades y los ojos

 

El hombre, su memoria, el miedo a lo desconocido, la vulnerabilidad de su cuerpo, han ocasionado la construcción de lugares cobijo, espacios de protección, refugios. Hacer de la arquitectura algo que se hundiera en el suelo, buscando el regazo de nuestra madre tierra (kirkeby, “Backstein Skulptur”), agujeros, sótanos donde esconderse (Mary Miss, “Perímetros, Pabellones, Señuelos”), un refugio para la mente perdida (Bruce Nauman “La casa dividida”), son reacciones humanas frente al poder infinito que cobran nuestros monstruos personales. Los geométricos e insultantes planos de Richard Serra, se revela ante tal desasosiego, intentando establecer una jerarquía, una disección y una sintaxis de lo real.

 

Quizás nada se pueda hacer con el caos de la realidad y de nuestro pensamiento; quizás la única salida sea evocar nuestros deseos, en un intento de búsqueda de reductos de serenidad, aislados de toda realidad, y que como cantos de sirena nos lleven lejos en el tiempo y el espacio, buscando algún paraíso primitivo roussoniano de donde tal vez nunca debimos salir (Espacios de Cristina Iglesias). Donald Graham ha imaginado con sus pabellones un espacio donde lo real se entremezcla con lo ilusorio, donde el objeto es invadido y disuelto en su entorno. Quizás mi “Ciudad Bidimensional” sea un no-lugar, un territorio que se comprime y es comprimido en lo irreal, creando un vacío “lleno”, donde la arquitectura de una pared esconde el paisaje de una ciudad.

 

No es un intento de escapar de ese miedo al más allá, a la luz, a través de un espacio oculto, de un refugio; al contrario, por un lado es una posición radical (un plano) que se alza frente a nosotros, mostrándonos ese doble filo de la luz y la claridad cruel y rotundo, pero por otro lado, se desvanece en esa misma luz (ahora débil y finísima) en la levedad y sutilidad de su naturaleza, en la irisación incolora, escondiendo una conciencia oscura y misteriosa: “Dentro de mí escondo una ciudad”, susurra al viajero-espectador. La tensión progresiva nos desubica y desborda en una inercia de curiosidad pendulante entre miedo y expectación, provocando que nos perdamos en el lugar y quizás encontrando uno nuevo.

 

Aquello no es lo que es, “la ciudad está ahí, la ciudad, lo que no es, lo que no existe, lo que no es todo, lo que no es nada; lo que irradia en silencio cuando enmudecen todas las canciones” , ahí está la ciudad. No se puede describir la ciudad que se refleja en esos planos luminosos, y que va creciendo dentro de la pared. Cada persona, ve y tiene una ciudad. Cada persona habita y es habitada por una ciudad. La ciudad se describe a sí misma para cada uno de nosotros de distintas maneras. Cada plano esconde una historia, te habla de su origen, te invita a recorrer sus esquinas. ¡Y qué paradoja, una ciudad donde no pues entrar ni habitar físicamente!. Una ciudad pura en intacta, de sutiles umbrales, tan sutiles como dehiscentes. “Las cosas que no puedes retener […], esas que no puedes decir […], esas cosas que te vencen en tu intento de saberlas, de aprehenderlas, son las cosas más vivas que habitan, porque al margen de tu control, siguen siendo ellas, y no tus proyecciones y reducciones y perversiones de ellas, las que te habitan” .

 

“De la ciudad no disfrutas las siete o las setenta y siete maravillas, sino la respuesta que da a una pregunta tuya” .

 

EL PROYECTO

 

Partiendo de la ciudad de Moriana descrita por Ítalo Calvino pretendía representar esa ciudad interior que no tiene espesor. En este sentido el entramado de tul me ofrecía la sensación de algo hueco, pero no vacío,… tenía sombra, no ahogaba el espacio que iba a contener en su interior, lo dejaba pasar, ventilar, la rejilla de su estructura era a la vez reservada y abierta, aislaba el espacio interior – la ciudad -, del exterior, sin separarla, dejando pasar el aire de un mundo a otro.

 

La ciudad interior, representada por diversos planos de telas luminosas, e incluso el recubrimiento –la pared -, acotaban con su trama un espacio envolvente y envuelto; las yuxtaposiciones de planos producían una impresión de blanca opacidad y a la vez transparencia, juegos de luces y penumbras, buscando la profundidad, el espacio, la ciudad.

 

La obra consta de una sola pieza, compuesta por dos planos de 6x3x1,5 m., uno de ellos totalmente recto y el otro ligeramente curvado. En su interior, diversos planos de distintas medidas, dispuestos estratégicamente, componen una sinfonía de transparencias.

 

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